Conocí una triste historia

Se oyeron los pasos certeros y la puerta calzando con precisión. Quedaban algunos objetos, cosas a las que no se aferró.

Tuvo que elegir, la dicotomía de sus fantasías y la realidad alimentaban los fantasmas. Su personaje carecía de telón y había desgastado el escenario.

En la cama estaba sólo en su aflicción; ella a su lado, estaba ajena a su universo, para cuidarla de algún modo, para atenuar su culpabilidad.

Finalmente tomó la decisión. Partió dejando un querubín de carne y hueso en la habitación contigua, un ser puro y precioso que siempre la tendrá a ella, quien tardaría en comprender y volver a tener fe.

Replanteados sus compromisos, ella se volvió decidida a crear felicidad con o sin compañero; “que suerte tengo” comenzó a pensar con el tiempo. Esa personita a su cargo era en verdad una bendición en su vida.

Él no se olvidó, tan sólo permaneció en la distancia y, cuando -tarde- entendió el error cometido, no supo como volver. No supo que hacer, entonces no hizo nada. Se inmovilizó.

Aquel dúo salió hacia el mundo, invitando a los curiosos a sumarse, y descubrió que estaba solitario pero firme. Había desarrollado una entereza indestructible. Había descubierto su fortaleza y no se cansaría de intentar.

Él lo lamenta, en silencio. Un dibujo yace en su cajón. Y ve como le pasan los años, y le pesa la vida.

A ellas las empuja la ilusión y las guía el amor. La pequeñita lo recuerda, por momentos lo añora. La más grande ya sanó.

Algo perdido en cada uno, se atesora de diferente manera.

No cabe ni un milagro en la imaginación ante los limites -lamentablemente- cada vez más visibles y la distancia resultante en años luz.






Pintura: Leandro Lamas

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