Quimeras

El niño duerme y la niña en su cuarto juega a ser princesa por un rato. Ella apela a su imaginación para mitigar el dolor.
Mamá y papá armaron un cuadrilátero en el living; la niña espera que esta vez sea leve.
El diálogo en el castillo se ha detenido; gritos, portazos y llanto lo han interrumpido. Ella se pone su traje de protección invisible y sale a revisar los pasillos. Llega a la sala donde unos platos rotos le advierten que mejor es dar media vuelta. Respira despacio y retrocede tres pasos, está al borde de sentir pánico.
De repente aparece la mamá desencajada e histérica, no duda en arremeter su verborragia contra ella.
La niña la mira como caperucita al lobo. No entiende por qué mamá está tan enojada.
Suena el teléfono, la niña se escapa, agradece llevar puesto el traje que la salvó de la emboscada.
La mamá ha vuelto en sí, está desorientada, entre lágrimas y voz entrecortada, pide ayuda a quien hizo la llamada.
La niña en su cuarto se va tranquilizando, caramelos de colores la han consolado. Enseguida sus muñecas la invitan a jugar, no duda y aprovecha para ponerse a bailar.
Es tarde y la cena no está servida.
El cansancio la vence y queda dormida. Por ahora en sus sueños hay horas felices.
Los años pasaron, la niña ha crecido, su hada madrina la ha protegido. Vive con su dulce tía Mariana, su alto tío Pablo y sus primos pequeños.
No importa que haya cumplido veintiún años, todavía añora los besos de mamá y jugar en la plaza con su papá. Ellos hace buen tiempo que están separados. Incluso su hermano con su abuela está instalado.
Ella nunca toca el tema de la violencia familiar ni con sus amigos ni con su novio ni con un profesional pues no ha notado que lleva un estigma sin superar.
Mientras, sigue sonriendo como una niña a la que nunca han golpeado, con inocencia en los ojos, continúa soñando con castillos, doncellas y el príncipe en un caballo blanco que la viene a buscar.





Fotografía: Nastia Vesna

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