Alguna vez amaste en Buenos Aires

Fotografía: San Telmo. Bettina Dávalos.




















Son esos días en los que hace tanto frio
Que no se siente para nada la baja temperatura
Porque él te dió su enorme campera
A cambio de un pequeño y fino suéter de hilo, 
Cuello a la base, color chocolate,
Que traías solamente por si acaso
El precioso Sol se fuese a descansar.
Mientras se abrazan en un vagón de la línea B,
Vos vas encogida, casi envuelta,
Y él, agigantado en algo que parece una pupera,
Te mira tiernamente y conversa 
A cambio de una sola de tus amplias sonrisas.
Completan la postal con una carcajada
Que se desarma cuando el subte llega ruidosamente 
A la parada para combinar con el siguiente tren
Justo debajo del Obelisco. 
La gente pasa apresurada por doquier, 
Caminando en distintas direcciones,
Al tiempo que ustedes deciden anticipar el fin del viaje
Y prolongar la luz de las velas,
A cambio de un paseo nocturno por Lavalle 
Y unas copas de merlot mendozino.
No importa la hora ni los disfraces
Cuando hay tantas cosas que contarse.
Él sabe bien como entrenerte
Y vos sabés como prestarle atención.
Entre un par de turistas extranjeros,
Vendedores ambulantes y oportunistas,
Ustedes se saben protagonistas de una novela
Que no buscan terminar.
Tal vez después de cenar
O de un film épico en un cine de terror,
Regresan caminando por Cerrito 
Hasta su refugio de amor en el último piso
Donde un lecho de sábanas blancas les espera.
Sienten por momentos que están en París
Donde andarían platicando en un paseo por el Sena
O por barrio Latino, quizás.
Buenos Aires tiene eso tan europeo
Tanto en las fachadas de edificios, casonas y palacetes
Como en los adoquines de las calles
Y hasta en los carteles de las plazas
Donde un amor empieza en una esquina 
Y recorre cientos de calles y kilómetros antes de terminar.

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