Una noche más

Regresaba caminando por el parque Sarmiento
A esas horas en las que no debe uno andar solo.
Quería acortar camino y me arriesgué.
Todo era quietud y silencio.
La noche estaba fresca
Y neblina se observaba en el firmamento.
El aire en el ambiente era muy fresco,
Generaba un hormigueo en la boca,
Con cada paso, cada vez más intenso,
En ambos labios, agradable pero agridulce,
Consciente de que, si persistía, podía dañar.
El crujir de una hoja atrajo mi mirada,
No había nada para observar.
Estaba oscuro y no había movimiento alguno.
Retomé el sendero de cemento.
Por la pendiente, a la izquierda del camino,
Se veían figuras en la iluminada pista de patín.
Cerré un poco los ojos ante luces muy brillantes.
La brisa tomó cierta intensidad
Y acarició suavemente mis pómulos.
Unos chicos trotando interrumpieron la magia.
El ruido de los besos de una pareja vino de enfrente,
Los miré en su diagonal caminar
Y noté que los deportistas ya se habían ido.
El pesado transitar de un camión se oía más allá,
En vano intenté verle pasar,
Todo era oscuridad en dirección a la arboleda.
Miré adelante, y me llamó la atención
Que estén todas las farolas encendidas;
Conté dos, cuatro... veintiséis farolas dispuestas de a pares;
Ni una sola quemada o rota.
Llegué hasta el balcón, me detuve a ver.
Como siempre, había gente allí más yo,
Me sentía sola entre coincidentes del lugar. 
Sola en mi soledad... miré en mi corazón, 
Podía hablar de historias viejas
Pero, no había nada ni nadie dentro de él.
Soledad, eso nada más.
Seguí el curso hasta las escalinatas.
Dos, cuatro, seis, ocho... veinte por dos farolas más.
No conté los escalones. No me interesó.
Simplemente descendí hasta el cruce peatonal.
En la esquina aguardé luz verde. 
Crucé la avenida y caminé por la calle perpendicular.
La vereda en bajada aceleró mi caminar y no me detuve
Sino hasta alcanzar el ómnibus en la estación terminal.




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