Ojos que no ven

Hace poco me contaron la historia de una mujer que salió de una fiesta escoltada
por un hombre que había llegado al evento invitado por otra mujer.
Durante la noche, el hombre había estado muy atento intentando conquistar a la
mujer que no conocía y demostrando claro desinterés por quien lo había llevado
a tal ocasión.
El hombre ponía incómodas a ambas mujeres mas, había manifestado ser
solamente amigo de aquella y no ostentar otro compromiso por lo que claramente
podía actuar con total tranquilidad de ser cierto, cosa que quien no lo conocía
no tendría como saber.
Pasaron los días, la mujer se reúne con una amiga presente en aquella fiesta
quien le comenta lo mal anímicamente que había quedado la persona que
llevó al caballero a la fiesta dado su desdén público y mutua osadía, llegando
incluso al llanto. En otra reunión, la madre de otra amiga -ambas no habiendo
participado del evento- muy sorprendida comenta una versión similar.
Era de esperarse que otros oídos hayan sido alcanzados por la misma historia o
sus variantes. Era quizás momento de reflexionar como los ojos ven lo que eligen
ver y la mente crear las historias que le satisface a su ego inventar para saciar
determinado sentir.
Tal vez falten datos hasta aquí para aventurar un postura.
Lo que sucedió aquella noche fue que dos colegas asistieron a un lugar pues, uno
secretamente enamorado del otro aprovechó la ocasión para invitarlo, excusa
para compartir la noche con el objeto de su afecto. El hombre, cansado de insistir
sin suerte en otra persona, con real desinterés por quien lo había convocado y ya
aburrido, efectivamente salió detrás de la mujer pero no junto, salvo con rumbo
diferente y desconocido por el resto del malón.
La mujer devenida en tercera en discordia, salió del salón para recibir a quien
hacia tiempo no veía y esperaba con ansias reencontrar ya que llegaría tarde por
su vuelo demorado, sólo que no abandonando la fiesta sino optando por
disfrutar de sus instalaciones exteriores para poder conversar y regresar más
tarde para cuando, sin que lo notara, la otra mujer despechada había
desparramado su opinión y marchado sin ver a la nueva pareja entrar.
Frustraciones irreales. Mal momento para algunos, daños colaterales para otros.
Mirada miope de antagónica perspicacia; falaz!
Cuando nuestro pequeño mundo se convierte en universo...
Hasta donde somos capaces de llegar por hacer saber al resto lo que nos
parece sin siquiera cotejar los datos que formaron nuestro “humilde” juicio?,
sin ensayar ponernos un minuto en la piel del otro?,
haciendo a otros lo que no nos gusta que nos hagan?.
En tiempos de redes sociales y vidrieras virtuales, a colación pregunto:
qué pensará ahora usted de mí?
y qué pensaremos nosotros de usted?
...Y qué?

Bettina Dávalos









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Foto: Erika Aghemo

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